De Denver a Aspen: El jardín de Dios


Anfiteatro de Maroon Bells National Park

Dejamos Denver para aventurarnos en la famosa ruta que une esta ciudad con el exclusivo pueblo de Aspen. Marcamos en nuestro GPS los puntos a visitar y nos pusimos en marcha. Sabíamos que la distancia a recorrer era de poco más de 260 km y que el tiempo estimado de viaje era de 3 horas y media. Nosotros tardamos más del doble. El paisaje y sus pueblos hacían que nos detuviéramos a cada paso.


La autopista interestatal 70 avanza por el cordón de las Rocosas entre picos nevados, exuberantes bosques y pequeños pueblos que se quedaron atrapados en el tiempo del viejo oeste. Estos pueblos que surgieron cuando el oro y la plata fueron descubiertos en el siglo XIX, tuvieron su auge durante unos años y cuando se agotaron las minas, la mayor parte de estos fueron abandonados y ahora existen sólo como pueblos fantasmas. Los que lograron sobrevivir se asemejan a los pueblos del viejo oeste que seguramente hayan visto en alguna película. Idaho Springs, Georgetown y Silver Plume aún conservan ese aire en sus casas, hoteles y tiendas.


Pasamos por Georgetown justo a tiempo para ver salir el tren turístico a vapor, el único que conserva su locomotora y vagones originales. Grandes y niños se pierden en el tiempo en este atractivo recorrido de casi una hora por las cornisas de la Rocallosas. Caminamos por las calles pueblo (no más de cinco), donde hay tiendas de antigüedades, un par de restaurantes y un tranquilo hotel, lo suficiente para hacer algunas fotos y continuar con nuestro viaje.

Centro de Georgetown

Salimos tarde de Denver, y a esta altura el sol había comenzado a ocultarse. El último rayo de luz lo tuvimos instantes luego de atravesar Leadville, otro de esos pueblos sacados de películas en blanco y negro. Leadville es la puerta de entrada a uno de los mejores caminos de montaña que posee el país, el Independence Pass. Figuraba en mi lista desde mucho antes de salir de Buenos Aires, pero dependíamos de su estado al momento de estar allí. El camino se cierra durante el invierno, pero afortunadamente se reabrió dos días antes de emprender nuestro viaje. Anótenlo en su lista. La noche estaba muy cerrada, incluso con algo de neblina, así que poco pudimos apreciarlo. Decidimos seguir sin detenernos hasta el poblado de Aspen, donde pasaríamos unos días antes de regresar a casa.


Llegar a un destino de noche hace que la imaginación vuele y uno se sorprenda a la mañana siguiente. En el Limelight Hotel ya sabían de nuestro tardío arribo y nos esperaban con una cena caliente junto a la chimenea.


Aspen es uno de esos escasos sitios en el mundo que se transforman radicalmente con el paso de las estaciones, cambiando de un paraíso invernal a otro veraniego. En invierno es un destino por excelencia para esquiadores experimentados. ¿Cómo no serlo? Si de noviembre a abril sus pistas se cubren de la nieve más suave y ligera que existe. Con más de 2500 hectáreas de pistas distribuidas en cuatro montañas (Aspen Mountain, Aspen Highlands, Buttermilk y Snowmass), cada día lo recibirán infinitas posibilidades, obviamente con todos los servicios que pueda imaginar.


Si el frío no es lo suyo, tranquilamente podrá disfrutar de la otra cara de Aspen. Cuando la nieve se derrite otras actividades como el treking, el ciclismo, el kayaking y la escalada cobran protagonismo en el Parque Nacional Maroon Bells, sitio de donde provienen las fotografías más tradicionales del Estado de Colorado. También puede aprovechar para acampar en el Parque Nacional White River comiendo malvaviscos bajo las estrellas.


Mejor aún. La diversión en Aspen no siempre requiere de esfuerzo físico o movilizarse grandes distancias. A veces una visita al museo de arte, una noche en el teatro de la Ópera o un concierto jazz, puede ser igual de emocionante.

Cuando la nieve se derrite otras actividades como el treking, el ciclismo, el kayaking y la escalada cobran protagonismo.

Si bien se trata de un pueblo con raíces mineras, hoy en día está avocado prácticamente al turismo de lujo. La mayoría de sus visitantes poseen un alto poder adquisitivo, cuando no son estrellas de Hollywood, deportistas de primer nivel y estrellas de rock entre otras. Esto da lugar a un gran número de tiendas de lujo, galerías de arte y antigüedades, casas de decoración con objetos de diseño, y un sinfín de excentricidades y banalidades a disposición.


Algo que se destaca aquí es la gastronomía, aunque sabiendo el público que reciben no es ninguna sorpresa. No le costará cumplir su deseo culinario y vitivinícola. Es muy fácil encontrar todo tipo de comidas, desde cocina fusión peruana-japonesa, italiana, mediterránea, francesa, mexicana hasta la americana local, siempre bien acompañadas de vinos de las mejores regiones del mundo.


Nuestros días en Aspen pasaron volando y cuando nos dimos cuenta ya estábamos emprendiendo nuestro regreso. Volvimos tomar el Independence Pass, una sinuosa carretera, y por momentos muy estrecha, que atraviesa los picos más altos de la zona en sus 51 km de extensión. Pero esta vez lo hicimos de día. Con 3.687 metros de altura es el paso pavimentado más alto del Estado de Colorado y el cuarto del país. Las vistas desde esta carretera son sencillamente espectaculares. Ofrece fabulosas panorámicas de valles profundos, lagos, ríos, bosques, tundras alpinas y el escarpado monte Elvert.


En el punto más alto de este paso nos encontramos con bastante nieve y muchos esquiadores. Si bien aquí no hay pistas oficiales, éstos aprovechaban para realizar las últimas tiradas de la temporada utilizando los escasos manchones blancos que encontraban. Según nuestros cálculos estábamos muy justos de tiempo y perder nuestro vuelo no era considerada una opción en ese momento. Así que esta fue nuestra última parada antes de continuar sin escalas hasta el aeropuerto de Denver.•

Fotos: Andrés Canet
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