Una noche beduina en el desierto de Riad
- Ana Bouzas

- 19 nov 2025
- 3 Min. de lectura

Salir de Riad es dejar atrás el vértigo urbano para entrar, casi sin transición, en otro tiempo. A poco más de una hora de la ciudad, el paisaje empieza a despojarse de todo exceso: desaparecen los edificios, baja el ruido y el horizonte se vuelve una línea limpia de arena y cielo. Así comienza la Desert Camp Experience Riyadh, en pleno King Abdulaziz Royal Reserve, una reserva natural protegida que conserva la esencia más pura del desierto saudí.
Desde el primer momento, la sensación es clara: no estamos ante un show armado para turistas, sino frente a una experiencia pensada para conectar con la cultura beduina desde el respeto, la calma y la hospitalidad.
Llegar al desierto: cuando el tiempo se detiene
El último tramo del camino es clave. Al dejar el asfalto, el vehículo avanza entre dunas suaves y terreno abierto. El silencio es casi total y la luz empieza a cambiar. El campamento aparece integrado al paisaje, con carpas tradicionales, fogones encendidos y lámparas tenues que acompañan sin competir con el entorno.
La bienvenida es simple y profundamente simbólica: café árabe servido en pequeñas tazas y dátiles dulces. No hay prisa. Todo invita a bajar el ritmo, observar, escuchar. En ese gesto inicial ya se entiende mucho de la cultura local: recibir al visitante es un honor, y hacerlo bien es una tradición.
Un campamento vivo, no un decorado
Antes de que caiga el sol, recorremos el campamento. Cada carpa propone una experiencia distinta: mesas con artefactos beduinos, objetos de la vida nómada, textiles, utensilios y herramientas que cuentan historias de supervivencia, adaptación y comunidad. Probamos vestimenta tradicional, exploramos aromas de especias y participamos en juegos sencillos que revelan cómo era el entretenimiento en el desierto antes de la vida moderna.
Nada es invasivo ni forzado. Todo fluye de manera orgánica, con guías que explican, responden preguntas y comparten anécdotas que conectan el pasado con el presente. El campamento se siente vivo, habitado, y no como una escenografía.

Entre dunas: moverse al ritmo del desierto
Cuando el sol comienza a bajar, llega el momento de salir a las dunas. El paseo en camello es, sin duda, uno de los puntos altos. El movimiento lento, balanceado y casi hipnótico obliga a mirar el paisaje con otros ojos. Desde allí, el desierto se percibe inmenso, silencioso y profundamente bello.
Para quienes buscan algo más activo, el sandboarding aporta risas y adrenalina. Deslizarse por las dunas es tan simple como divertido, y demuestra que el desierto también puede ser un gran patio de juegos. Luego, la caminata al atardecer se convierte en un momento casi contemplativo: el cielo cambia de color minuto a minuto y la arena refleja tonos dorados, naranjas y rosados imposibles de reproducir en fotos.
El ritual de la cena beduina
Con la noche instalada, el corazón de la experiencia se enciende alrededor de la comida. La cena es un homenaje a la tradición: cordero y chicken mandi cocidos en hornos subterráneos, una técnica ancestral que concentra los sabores y logra una textura tierna y aromática. El pan tradicional (firebread) se sirve recién hecho, caliente, ideal para acompañar cada plato.
El menú se completa con klayja, un dulce especiado típico, y una bebida elaborada con mezcla de leche de camello y cabra, similar al yogur, que sorprende por su suavidad y frescura. Comer en una carpa, sentados de manera relajada, con luz tenue y sin distracciones, transforma la cena en un verdadero ritual.
Bajo las estrellas: el mejor cierre
Después de la comida, el grupo se reúne alrededor del fogón. El cielo, completamente despejado, se convierte en un espectáculo en sí mismo. Las estrellas parecen multiplicarse y el silencio del desierto lo envuelve todo. Se sirve té caliente, se comparten conversaciones tranquilas y el tiempo, una vez más, parece detenerse.
Es uno de esos momentos en los que no hace falta hacer nada más que estar ahí. Sin pantallas, sin notificaciones, sin urgencias. Solo el fuego, el cielo y el desierto.
Mucho más que una excursión
La noche beduina en el desierto de Riad no es solo una actividad turística: es una pausa necesaria, una forma de entender la relación entre el pueblo saudí y su territorio. El desierto deja de ser un paisaje vacío para revelarse como un espacio cargado de sentido, historia y vida.
Al regresar a la ciudad, con la arena aún en los zapatos y el recuerdo del cielo estrellado en la memoria, queda la sensación de haber sido parte —aunque sea por unas horas— de una tradición que sigue viva. Y eso, en tiempos de viajes acelerados, es un lujo difícil de igualar.*





























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