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Colonia del Sacramento: Una escapada íntima al encanto del Río de la Plata


Salir de Buenos Aires en barco siempre tiene algo magico. Esa sensación de dejar atrás la ciudad, el ruido, las agendas apuradas, para cruzar el Río de la Plata en busca de un ritmo más amable. Esta vez, el destino fue Colonia del Sacramento, una joya colonial que nunca deja de sorprender, incluso cuando ya la conocemos.


El ferry partió puntual desde Puerto Madero. Con café en mano y vista abierta al río, el viaje se convirtió en el primer momento de disfrute. En apenas una hora, el horizonte urbano se transformó en siluetas de faros, tejados bajos y árboles centenarios. Al desembarcar, sentimos de inmediato ese cambio de energía: Colonia invita a bajar la velocidad.


Nuestro recorrido comenzó por el Barrio Histórico, donde cada calle empedrada parece contar una historia. Caminamos sin apuro por la famosa Calle de los Suspiros, entre fachadas de piedra, puertas antiguas y faroles coloniales. La luz de la mañana realzaba los tonos cálidos de las casas, creando un escenario perfecto para fotos y, sobre todo, para dejarnos llevar por la atmósfera.


Subimos al Faro de Colonia para tener una vista panorámica del río. Desde lo alto, el paisaje se veía sereno, elegante, casi perfecto. El agua brillaba bajo el sol y los techos coloniales formaban una postal que parecía detenida en el tiempo. Allí entendimos por qué Colonia es un destino ideal para quienes buscan belleza sin estridencias.


Almuerzo frente al río: sabores que acompañan el paisaje


A la hora del almuerzo, elegimos Charco Bistro, uno de esos lugares donde la experiencia va más allá del plato. Nos sentamos frente al río, con una copa de vino uruguayo y una brisa suave que hacía del momento algo perfecto. Probamos pescados frescos, carnes de excelente calidad y una selección de entradas delicadas, con presentaciones cuidadas y sabores equilibrados.


El ritmo pausado del servicio, la música suave y el sonido del agua crearon el clima ideal para una sobremesa sin reloj. Colonia se disfruta así: sin apuro, sin distracciones, saboreando cada instante.


Tarde de paseo, compras y pequeños descubrimientos

Después del almuerzo, volvimos a perdernos entre las calles del casco histórico. Entramos a tiendas locales, galerías de arte y pequeños negocios de artesanías. Nos detuvimos en la Plaza Mayor, a la sombra de los árboles, observando a otros viajeros que, como nosotros, parecían haber llegado en busca de una pausa. También se pueden visitar algunos de los museos más representativos de la ciudad, que permiten comprender la rica herencia portuguesa y española de Colonia:

  • Museo del Período Histórico Portugués: con mobiliario, mapas y objetos de la época colonial.

  • Museo del Período Español: una mirada a la herencia hispana a través de piezas históricas.

  • Museo de los Azulejos: una colorida colección de cerámicas que decoraban antiguas casas.

  • Museo Municipal (Archivo Regional): ubicado en la Casa de Palacios, conserva objetos de la cultura indígena y colonial.


Visitamos el Museo del Período Español y el de los Azulejos. Cada visita fue un viaje en el tiempo, pero sin perder ese aire relajado que caracteriza a Colonia.


Rambla, río y la magia del atardecer

Más tarde, caminamos por la Rambla Costanera. El río se abría inmenso frente a nosotros y el sol comenzaba a descender lentamente. Ese momento, cuando la luz se vuelve dorada y el aire se llena de calma, es quizás uno de los mayores lujos que ofrece Colonia.


El atardecer fue, sin dudas, el punto más mágico del día. Nos sentamos frente al agua, con el cielo tiñéndose de tonos rosados, naranjas y violetas. Las siluetas de los faros, las palmeras y los barcos anclados componían una escena casi irreal.


No hacía falta hacer nada más que mirar. Colonia tiene ese poder: invita a la contemplación, a la conversación tranquila, a disfrutar del presente.


Regreso con el alma liviana

Cuando llegó la hora de regresar a Buenos Aires, subimos nuevamente al ferry con esa sensación tan buscada en los viajes cortos: la de haber cambiado de aire, aunque haya sido por un solo día. Colonia nos regaló historia, gastronomía, paisajes y, sobre todo, tiempo de calidad.


Una escapada perfecta para quienes valoran el lujo discreto, la belleza natural y las experiencias auténticas. Porque a veces, el mayor placer está en cruzar el río y dejar que el tiempo fluya de otra manera.*

Fotos: Andrés Canet

 

 

 

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