Más etapas del Bugatti Grand Tour Chile-Argentina 2017: Batiendo récords

 

Se trata del convoy más lujoso, exclusivo y costoso que transitó por nuestro país. Y también el más veloz. En conjunto, los quince vehículos participantes sumaron casi 17.000 CV y sus velocidades máximas sumadas entre sí superarían holgadamente los 5.800 km/h.

 

TEXTO: Andrés Canet / FOTOS: Francesco Piras (Bugatti) / Andrés Canet

 

Etapa 4

A la mañana siguiente el plan original era regresar al Parque Nacional Talampaya para una visita guiada y un almuerzo, pero algunos nos levantamos más temprano y nos escapamos hacia la Cuesta de Miranda. Un tramo de la ruta 40 de unos 50 km que une Villa Unión con Nonogasta, La Rioja. Nos “rateamos” como estudiantes, con el Chiron y el Veyron Grand Sport Vitesse a divertirnos en esta montaña rusa de asfalto. Y de ahí derechito a Talampaya a reencontrarnos con el resto de nuestros compañeros.

 

Como mencioné, yo me movía en una camioneta y no en un Bugatti. Pero acompañaba la caravana y compartí con todo el grupo vivencias únicas. Una de ellas fue dentro del Parque Nacional Talampaya, donde almorzamos al pie de sus grandes paredones. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997, sus 215.000 hectáreas conforman uno de los paraísos geológicos más importantes del mundo, siendo además un sitio de gran importancia por su abundante riqueza en fósiles. Un importante yacimiento paleontológico con hallazgos de restos de dinosaurios de más de 250 millones de años de antigüedad. Habiendo sido este sitio testigo de tantos acontecimientos naturales, sin duda lo nuestro resultaba insignificante. Justamente eso es lo que sentimos todos los presentes al mirar hacia nuestro alrededor.

 

A esta altura del viaje ya me encontraba ansioso como un niño que espera la llegada de Papá Noel o la de los Reyes Magos, “tirando” indirectas a mansalva como “Manejé muchos autos, pero hasta ahora nunca un Bugatti…”, dardos como “Debe ser increíble la Veyron” o fusilamientos contra un paredón como “Te la cambio un rato por mi camioneta y comparamos”. Siempre con una sonrisa dibujada el rostro, a ver si alguno picaba. Finalmente se acercó uno de los participantes y me ofreció la llave de su temporalmente Bugatti Veyron Grand Sport Vitesse. Se trata del ejemplar, propiedad de la fábrica, que alcanzó el récord de velocidad en 2008 (408,84 km/h), y el cual cuenta con la firma a mano alzada del piloto involucrado en la hazaña en el zócalo de las puertas. Sentí la misma emoción de un pescador cuando se le dobla la caña. No me daban las piernas para salir corriendo de allí. Desafortunadamente aún debíamos regresar al estacionamiento en uno de los camiones del Parque, cuyo conductor parecía más interesado en no levantar polvo que en llevarme de regreso al estacionamiento. Seguramente había alguna tienda de suvenires, pero yo ya tenía el mío en mis manos.

 

Antes de comenzar a relatar mi primera experiencia al volante de un Bugatti Veyron, debo reconocer que si bien me saco el sombrero ante la ingeniería que existe debajo de su carrocería, las pocas veces que ya había visto uno nunca me había producido fuertes emociones. Es de esos autos que a la vista no transmiten demasiado, pero que comienzan a hacerlo cuando sabes que tienes la oportunidad de conducirlo.

 

Dejé la tierra y al tocar el asfalto no lo aceleré de inmediato. Sentía que debíamos conocernos primero. Un auto que puede catapultarte hasta los 400 km/h en menos tiempo de lo que canta un gallo merece que le demuestren algo de respeto. Y además tenía varias preguntas pendientes. ¿Qué tan violenta sería su aceleración? ¿Qué se sentirá conducir a más de 300 km/h? ¿Cómo responderán los frenos a esa velocidad? ¿Podrá eliminar todos los prejuicios que tengo sobre el Veyron? Por suerte obtuve respuestas a todas, y a otras más.

 

Partir desde cero aplastando el acelerador con el pie derecho es como disparar un arma de grueso calibre. La bala sale hacia delante y tu cuerpo hacia atrás producto del “culatazo”. La diferencia con el arma es que esto ocurre durante una fracción de segundo, mientras que en el Veyron se sostiene hasta que tus agallas digan basta. Así de violenta es la aceleración de este bólido. Y claro, con su motor de 16 cilindros, cuatro turbocompresores y 1.200 CV no se puede esperar otra cosa.

 

Con respecto a conducir a más de 300 km/h, debo aclarar que hice la prueba en un tramo de ruta que fue cortada al tránsito en ambos sentidos, sobre un asfalto en perfecto estado y por un breve tiempo. Alcancé a visualizar en el velocímetro que la aguja tocó los 340 km/h, seguí acelerando por escasos segundos más y comencé a disminuir la velocidad. Sinceramente no creo que haya un lugar en toda la Argentina donde se pueda realizar esto en ruta abierta. Simplemente sería suicida. Si bien el auto se comportó de maravillas, con una estabilidad asombrosa y transmitiéndome una serenidad ejemplar, a esa velocidad es como conducir el Titanic con turbina sobre un cabello humano. Se me hace difícil pensar que exista la mínima posibilidad de realizar una maniobra evasiva ante un imprevisto.

 

No me animé a pararme sobre el freno a esa velocidad, pero una vez que bajé a los 280 km/h (sí, sí… leyeron bien, 280 km/h) ahí lo pisé con fuerza para ver que pasaba. ¡Fue espeluznante! Sus enormes discos ventilados lo detuvieron violentamente, obligando a mi cabeza a hacer una reverencia producto de la inercia. Aún así, las puntas de mis dedos fueron suficientes para sostenerlo derecho, más bien como un acto de prevención. Y el Veyron se detuvo a los pocos metros de manera impecable. No me bajé a certificar la distancia, pero les aseguro que fue una frenada muy corta.

 

Solo para que tomen referencia de la capacidad de su motor W16 (doble V8) y sus 1.200 CV, circulando a 200 km/h en quinta marcha sale despedido como un cohete al pisar a fondo el acelerador, alcanzando los 300 km/h en pocos segundos. Lo que quiero decir con esto es que todo en este Veyron está sobredimensionado para entregar sensaciones espaciales. Y por su precio original no esperaba menos.

 

Con todo esto, el Veyron supo erradicar por completo todos mis prejuicios. Una vez que ya condujeron autos deportivos como Ferrari 488 GTB o Porsche 911 GT3, y pasaron por hypercars como Pagani Huayra, McLaren P1, Porsche 918 Hybrid o Ferrari LaFerrari, solo les queda por delante atreverse a subirse a un Bugatti, el referente mundial de la tecnología aeroespacial de las cuatro ruedas.

 

Luego de semejante prueba, todavía me quedaban cientos de kilómetros para llegar a destino. Eternas rectas, largas curvas y soledad casi absoluta, se encadenaron para brindarme la mejor experiencia de manejo que tuve hasta el momento.

 

Al finalizar la cuarta etapa llegamos a Catamarca, donde nuevamente nos sentimos como rockstars. Miles de personas coparon las calles varias cuadras antes del hotel Casino Catamarca, donde los Bugatti –y nosotros- pasaríamos la noche. La policía tuvo que acordonar el área para facilitar el paso de los autos. Para ese entonces yo ya había regresado a mi camioneta, que como había sido alquilada en Chile, tenía patente trasandina. Las cargadas no se hicieron esperar al grito de “¡Ehhh Chileno, vamos al Mundial…!”. Por suerte enseguida me declaré argentino y no recibí más mensajes.

 

Esta etapa fue también la que se cobró la segunda víctima del tour. Resulta ser que otro participante aprovechó también el tramo de ruta “liberada” para acelerar su Bugatti Veyron a fondo. Pero su auto contaba con una modificación mínima, había reemplazado sus neumáticos por otros similares en tamaño y rodado, pero de otra marca a la provista de fábrica. El Veyron equipa originalmente neumáticos Michelin, diseñados y construidos exclusivamente para este modelo y para soportar las fuerzas generadas a más de 400 km/h. Las que el propietario del auto le colocó no fueron diseñadas para resistir semejante exigencia y al superar los 300 km/h comenzaron a despedazarse. Por suerte el piloto se percató del hecho, aminoró su marcha suavemente y evitó un desastre mayor. Por suerte el dinero no era un problema para este participante, y en 48 hs ya disponía de un Porsche 911 traído desde Buenos Aires para continuar con el itinerario al volante de un deportivo y no en mi camioneta.

 

Etapa 5

Tras varios días de paisaje agreste y desértico en San Juan, La Rioja y Catamarca, pasar al verde tupido de la selva subtropical tucumana –o más conocida como Yunga tucumana- fue un cambio de aire, una renovación. La quebrada de Los Sosa, que asciende hacia el Mirador del Indio inmerso en una exuberante vegetación entregó sombras que hasta ese momento habían sido inexistentes y curvas estrechas al borde de un barranco que había que compartir en ambos sentidos de marcha con camiones y buses de gran porte. Una combinación peligrosa cuando uno dispone de 1.200 CV y casi tres metros de ancho.

 

Llegamos al mirador antes que algunos participantes y rápidamente se originó un juego bastante peculiar. Los árboles apenas permitían ver partes aisladas del camino y resulta bastante difícil descifrar hacia donde se dibuja. La tarea de adivinar dónde aparecería el próximo Bugatti o dónde lo volveríamos a ver se convirtió en una simpática anécdota vinculada a este maravilloso paisaje tucumano. Un pequeño oasis pintado de verde.

 

Desde el punto más alto comenzamos el descenso hacia Tafí del Valle. Este tramo es mucho más veloz, y la casi inexistencia de otros vehículos permitió a los participantes acelerar un poco más, pero no se lo cuenten a nadie.

 

Al llegar a Tafí (a secas, como la conocen los lugareños), almorzamos en la Estancia Los Cuartos. Nuevamente la constante del gentío dijo presente y cientos de personas aprovecharon la que sería tal vez su única oportunidad en la vida de ver, no una, sino todo un convoy de “Bugattis”. Y la cereza del postre: el Rolls Royce Sweptail, un ejemplar único en el mundo.

 

Además, la mayoría de las paradas previas fueron en sitios donde los autos quedaban dentro de algún predio, pero en este caso, se estacionó sobre una calle pública. Esto permitió a los curiosos presenciar las labores del staff, quienes limpiaban meticulosamente los parabrisas, volvían a chequear el estado de los neumáticos y en algunos casos hasta le repostaban combustible.

 

Tras el almuerzo nos dispusimos a transitar el peor tramo de todo el itinerario. No por el paisaje, que es maravilloso, sino por el estado de la calzada. La ruta 307 que une Tafí del Valle con la mítica Ruta 40 (antes de llegar a Cafayate), se encontraba en “reparación”. Si es que a emparchar el asfalto se lo puede llamar así. Había zonas donde se te caerían hasta los dientes y otras que simplemente eran intransitables hasta para un sedán familiar. Imagínense cómo sufrieron estos hypercars con sus neumáticos de 19 y 20 pulgadas y perfil extra bajo.

 

A paso de hombre superamos la prueba y llegamos a Cafayate. Ahí todo cambió. No sólo por el lugar elegido para alojarnos –el Cafayate Grace Hotel- sino porque nos esperaba un día completo de descanso, una jornada sin conducción para dedicarnos a recuperar energías y distendernos. Siempre muy bien acompañados de la exquisita gastronomía a la que veníamos acostumbrados, maridada con una brillante selección de vinos.

 

Etapa 6

Para esta etapa tenía otro objetivo: El Bugatti Chiron. Estaba seguro que no lo iba a poder conducir, pero al menos quería viajar de acompañante. Durante el día previo, el de descanso, me aseguré que esto se hiciera realidad. Con la excusa de hacer fotos desde adentro logré bajar a su copiloto y ocupar su butaca. Fue por un tramo relativamente corto de apenas unos 25 kilómetros hasta llegar al Anfiteatro –un espacio semicerrado con paredes de más de 20 metros de altura formadas por la erosión de una catarata hace millones de años, la cual le confirió una excelente acústica-. Este trayecto de la ruta 68 se conoce como la Quebrada de las Conchas, y si bien es en extremo divertido para hacerlo con cualquier vehículo, con el Bugatti Chiron estuvo mucho mejor. Seguramente querrán saber qué se siente ir a bordo de este hypercar de 2,4 millones de dólares. Es como un colchón, uno que adentro tiene 2,4 millones de dólares en billetes de 100. Es suave y firme a la vez. Yendo a velocidades legales se mueve como un Rolls Royce, pero cuando comienzas a exigirlo un poco aparece la firmeza y el aplomo que se le pediría a este tipo de vehículos.

 

Se trata del auto más radical al que me haya subido hasta el momento, eso que tengo unos 500 km recorridos en la Ferrari La Ferrari y otros 200 km al volante del Pagani Cinque Roadster, entre otros; y contando el Veyron Grand Sport Vitesse de apenas unos días atrás. Incluye de serie todo el lujo posible, pero lo primero que me dejó estupefacto fue su velocímetro. Por suerte no es digital, sino de la vieja escuela: todo con agujas. En él se puede apreciar con claridad el número 500, como un pequeño recordatorio de lo que es capaz de hacer. Obviamente no alcanza esa velocidad, pero no me atrevería a poner en duda su capacidad para lograrlo.

 

Llega cómodamente a los 380 km/h limitado de fábrica. Así es, el Chiron se entrega a su propietario con dos llaves. Una de ellas limita su velocidad a la anteriormente mencionada en modo “Handling”, y la otra desata a la fiera para alcanzar sin titubeos los 420 km/h en modo “Top Speed”. Pero esto no es todo. Aún con esta segunda llave, Bugatti a castrado a su bestia limitándolo a este último registro, lo cual nos da indicios de que podría superarlo sin transpirar. Lamentablemente no hubo tiempo ni lugar, ni se dieron las condiciones apropiadas para ponerlo a prueba. Aunque pensándolo bien, dudo que exista un sitio que cumpla con todos los requisitos de seguridad en nuestro país para llevarlo hasta ese límite.

 

Todo sueño tiene su amanecer, y bajarme del Chiron fue como expulsarme del paraíso de una patada. Al menos había degustado algo de ese fruto prohibido, pero me quedó un vacío incapaz de ser llenado por mi humilde y terrenal camioneta de alquiler. Quedó pendiente la prueba al volante. Tal vez algún día llegue la invitación de su dueño para tachar otro hypercar de mi lista de pendientes.

 

El viaje continuó hasta House of Jasmines, una finca de estilo colonial de 100 hectáreas ubicada a 20 minutos del centro de Salta, donde se respira el aroma de los jazmines en flor en cada rincón. Es uno de lo pocos hoteles boutique que cuentan con el prestigioso sello Relais & Chateau. Una estancia elegante y señorial con más de un siglo de antigüedad que cuenta con el historial de haber pertenecido al actor Robert Duval hasta 2008. Allí se alojaron otros grandes del cine, como Brad Pitt y Richard Gere –ambos amigos del antiguo propietario-.

 

Para mi sorpresa, desde allí continuamos la travesía hacia Humahuaca tomando la antigua ruta 9 que apenas debe tener unos cuatro o cinco metros de ancho, y es de doble sentido. Con bastante tráfico, este fue para mí un riesgo innecesario ya que existe una opción mucho más apropiada para estos vehículos. Ver maniobras jugadas entre un Bugatti Veyron y un minibús cargado de turistas circulando en sentido contrario son de las que te ponen los pelos de punta. Afortunadamente llegaron todos a destino sin ningún rasguño, pero más de uno tuvo que “bajar” a la banquina y pisar la tierra para evitar el contacto con quienes venían de frente.

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